lunes, 9 de diciembre de 2013

GANARSE LA CREDIBILIDAD.-

Ganarse la Credibilidad


Por: Salvador Suárez Martín
Miembro del colectivo Voces Transversales



Uno de los valores más importantes en política es la credibilidad. Si nadie cree en lo que dices, ¿importa algo lo que digas? Hoy en día, dicho valor está bajo mínimos y parece que la opción preferida es seguir repitiendo el mensaje o buscar otro diferente con la esperanza que la repetición logre borrar dudas y sospechas. ¿No sería mejor buscar de dónde procede esa desconfianza y corregir los errores?
A pesar de que es cierto que la ciudadanía espera que se den soluciones a sus problemas más cercanos, también es cierto que ahora mismo, cualquier solución suena a falsa y que gran parte de esa misma ciudadanía no se siente participe de la democracia. Sumando ambas cosas obtenemos como resultado una sociedad que ni cree en la política, ni cree en sí misma. Ante tal panorama es fácil entender que el problema no es el mensaje, sino la falta de fiabilidad de quienes lo transmiten: preocupa más el paro o la situación económica que la estructura participativa del país, pero si en este mismo instante apareciera un político con todas las soluciones para la crisis y el paro, nadie le creería o se sospecharía de sus intenciones. Es decir, que de nada sirve cambiar el mensaje si antes no se gana la confianza.
Hace unos días oí decir que a los ciudadanos no les interesan las reformas participativas o democráticas, que ahora lo importante es solucionar problemas como el desempleo, los desahucios, el acceso a la sanidad, etc y tenía razón quien lo dijo, pero sólo en parte, porque sólo las reformas participativas darán la confianza, la credibilidad y la fuerza para acometer las soluciones, para defenderlas y luchar por ellas.
Si nadie te cree es imposible llegar a acuerdos. No valen las promesas ni los compromisos, nadie te apoyará para intentar mejorar las cosas. Las ideas se convierten en papel mojado, en mera propaganda, si no confías en quien va a llevarlas a cabo. Por eso lo mejor es hacer las cosas manteniendo la coherencia que nos define. Puede sonar lejano o frío, pero si no se logra que la sociedad crea en sí misma, todo esfuerzo caerá en saco roto. Si la ciudadanía no ve la política como algo propio o percibe a los políticos como seres lejanos, opacos e inútiles, sus iniciativas serán acogidas con igual indiferencia. Resolver ese problema pasa por articular fórmulas y estructuras que hagan que todos y todas nos sintamos parte de las decisiones, que permitan que nuestras ideas y propuestas puedan llegar fácilmente a aquellos que están en posición de llevarlas a cabo. De igual forma, se hace necesario sentir que hay un sistema que detecta y expulsa a los corruptos o no validos. De esa manera nos convertiremos en una sociedad receptiva a las ideas, creeremos en ellas y se conseguirá la fuerza y motivación necesarias para ejecutarlas.
No es que los políticos no hablen de los problemas de los ciudadanos, es que ya no se confía en ellos cuando lo hacen. Se nos antojan como una estructura separada de la sociedad, oscura y complicada, donde las ideas y las personas nunca llegan a la zona de acción real. Los ciudadanos y ciudadanas no se dan cuenta de que ellos también deberían ser políticos, porque la política impregna todos los ámbitos que les afectan y porque sí existen buenas ideas, que, con su apoyo, nos llevarían a soluciones adecuadas. Pero no creen en esto simplemente porque no entienden de dónde salen ni dan credibilidad a quienes las exponen. La enfermedad de nuestra sociedad es la falta de credibilidad en las estructuras participativas y en las figuras políticas y las enfermedades no se curan tratando los síntomas sino las causas.
Este es un buen momento para que la sociedad en su conjunto entienda que la democracia no consiste en el derecho de ir a votar y luego esperar a ver qué hacen los elegidos, sino que DEMOCRACIA es un sistema donde cada ciudadano y ciudadana es una unidad política; tratar de lograr un sistema justo bien merece el esfuerzo y el deber de hacer algo más que votar. Es vital que esta crisis de credibilidad marque un punto de inflexión donde el nivel de preocupación y atención ante la política se mantenga como constante social para el futuro, ya que en una sociedad vigilante, participativa e implicada es más sencillo detectar al deshonesto, expulsar al corrupto y prevenir las ilegalidades. Dotando a los ciudadanos de estructuras participativas modernas y eficaces será más fácil que las buenas ideas salgan adelante.
De nada sirve cambiar caras, eso es parchear la situación, si el cambio no viene acompañado de nuevos modos de actuar, donde las propuestas sean veraces y creíbles. ¿Cuál es la solución entonces? Dar pasos atrevidos y firmes hacia el cambio real, aún a riesgo de errar en alguna ocasión, pero con la certeza de dirigirnos por el camino adecuado: el que transcurre al lado del ciudadano, en sus necesidades, pero también en sus propuestas.
Cuando alguien se gana nuestra desconfianza cuesta que la recupere. Se necesitan gestos inequívocos, normalmente superiores al desengaño causado. Ése es ahora el reto de los partidos políticos, compensar el desengaño, cuando no el engaño manifiesto. Si los partidos son capaces de transmitir a la ciudadanía que han entendido su mensaje, que hacen propósito de enmienda, que hay voluntad de cambio y que todos somos parte del proceso, poco a poco se volverá a recuperar la confianza.
Recuerdo jugar en la playa, hace ya tiempo, a ese famoso juego de cartas, el desconfío, donde siempre había alguien que no trataba de ganar, sino de colar el mayor número de mentiras posible para reírse del resto. Después de un tiempo, ya daba igual lo que tirara o lo que dijera, todos desconfiaban ya de él. Lo mismo pasa hoy día con la política, da igual lo que se diga, se proponga o las cartas que se tengan, la desconfianza hace que todo parezca mentira y la verdad una trampa.
Aún así, no es sólo un problema de los partidos políticos. En España parece que todos los cauces de participación están enfermos; los sindicatos tampoco pasan por su mejor momento, las normas de transparencia de gobierno se quedan cortas, las ILP han quedado en nada, las asociaciones tienen más trabas que facilidades…
La sociedad española necesita replantearse qué es una democracia y el esfuerzo que conlleva mantenerla. No debe ser cómoda, no debe convertirse en votar cada cuatro años y, si es posible, por internet, para que ni si quiera requiera el esfuerzo de salir de casa y caminar hasta el colegio electoral. La democracia debe llegar a ser parte de nuestra vida diaria: pensar, opinar, decidir, construir qué es lo mejor para todas y todos.
VEGUEROS S.M.