miércoles, 2 de abril de 2014

CAPACIDAD, LEALTAD, CERCANÍA E ILUSIÓN.-

Salvador Suárez Martín
Miembro del colectivo Voces Transversales
 Capacidad, lealtad, cercanía e ilusión

Cuando empiezan a aproximarse unas elecciones una de las dudas que nos surge es si votamos a personas o partidos, si el candidato es clave o si lo importante son las siglas, pero, seguramente el grado de importancia de cada factor cada uno lo valora según lo que le interese en ese momento y se olvidan otros factores importantes como el programa, lo que busca la ciudadanía en una situación concreta o el tipo de candidato que necesita esa situación. Por eso hoy decido rescatar y actualizar un artículo que, a pesar de los años, puede exponer algunas reflexiones sobre qué puede necesitar un candidato/a ideal.
Antes que nada, tener en cuenta que las siglas sí importan, el programa importa, la situación de la sociedad y lo que necesita o busca son fundamentales. La verdadera labor del candidato/a es poner cara, darle credibilidad a esa propuesta y a la posibilidad de llevarla a cabo. Por eso el candidato no es el factor más importante pero sí vital. Es parte de la garantía al votante. Puede existir un gran programa de un partido que haya hecho un gran trabajo, que si el candidato/a no es capaz de transmitir a la ciudadanía que será capaz de cumplirlo o de sacarlo adelante, el resto será trabajo perdido. En definitiva, quizá un buen candidato no gana elecciones, pero uno malo las pierde, uno excelente suma, uno normal resta. Pero ¿Cuáles deberían ser los valores que ha de tener ese candidato/a ideal? Al menos yo, lo tengo claro: capacidad, lealtad, cercanía e ilusión.
Capacidad, pero no entendida como una titulación o formación, ni siquiera, como conocimiento en la materia. No soy un tecnócrata. Me refiero a la capacidad de formar y guiar un equipo; capacidad para buscar, elegir y motivar a los mejores técnicos y personas; capacidad para ser flexible, resolutivo/a… En definitiva, capacidad para liderar un área y para conectar con los ciudadanos. Además esta capacidad debe estar empapada del menos frecuente de los sentidos, el sentido común y también de coherencia.
Lealtad. Lealtad a los valores por los que se guía, hacia los valores que representa; que su compromiso o palabra sea de fiar. De nada sirve alcanzar un cargo público si al llegar traicionas los valores y principios que representas. Esa lealtad debe extenderse hacia el grupo de gobierno o de oposición donde participa, porque forma parte de un equipo y hacia el partido que lo eligió para representarle, porque fue el trabajo del partido, y sobre todo de sus bases, lo que posibilitó que tuviera esa responsabilidad. El cargo público no organizó los actos, no pegó todos los carteles, no convenció él solo a vecinos y amigos, sino que fue puesto allí por una sinergia de fuerzas e ideas a las que les debe al menos lealtad, que no significa seguidismo o falta de espíritu crítico.
Cercanía con aquellos a quienes gobierna y con los que trabajaron para que dispusiera de esta responsabilidad. Los elitismos y soberbias deberían ser, en sí mismos, defectos que no permitieran a un individuo ni tan siquiera plantearse la opción de optar a un cargo público. Es cierto que mucha gente llega a la política por el simple hecho de creer que saben o pueden hacerlo mejor que nadie y esos son fáciles de detectar, pero también es cierto que otros se endiosan al tomar consciencia del poder. Para evitar esa desviación, la ciudadanía y especialmente los y las militantes de partidos políticos debemos estar atentos. De la misma manera el cargo político debe ser capaz de, con esa cercanía, transmitir su gestión y sus valores, cosa que resulta más sencilla si se tiene esa cualidad.
Ilusión. ¿Cuántas veces vemos a personas llenas de cualidades gestionando un cargo público con actitud repetitiva y cobarde, sin la verdadera alegría de poder mejorar las cosas o de saber que al menos puede intentarlo?
Estos valores son fáciles de ver y fáciles de percibir y todos debemos buscarlos en nuestros cargos públicos. Si no los tienen, al menos en cierta medida, no deberían valernos, o si a pesar de tenerlos, un día los pierden, es el momento de agradecerles el trabajo realizado y dar paso a otras personas.
Y aún quizás me falta nombra la cualidad más importante, pero esa condición la doy por sentado en cualquier persona que entra en un partido político. Es ser buena persona, porque la única razón para que alguien entre en política debería ser porque cree que debe haber un mundo mejor y quiere mejorarlo para todos. Suena utópico, lo sé, pero es lo que debemos buscar, a lo que debemos aspirar.
Lo importante son las ideas, pero los seres humanos necesitamos alguien que las avale. Alguien que represente y transmita que esas ideas se van a cumplir y podrán realizarse. El debate del nombre no es simplemente una cuestión de caras, es también una parte importante. Representa la garantía de compromiso entre las ideas que se prometen y las ideas que se cumplen. Un candidato/a sin todas estas características (y algunas más) pierde credibilidad y sin credibilidad todo lo demás es papel mojado.
VEGUEROS S.M.